La materia prima básica del trabajo del educador es
el alumno. Pero los educadores no somos escultores que a partir de un trozo más o menos grande
de mármol lo tallan intentando alcanzar a modo de ideal platónica, la
perfección o belleza pretendida con el trabajo sobre la piedra. El trabajo del
educador tiene como “materia prima” una persona, con la complejidad que ello
significa.
Comparto plenamente la Teoría de Gardner de las
inteligencias múltiples. El individuo tiene ciertas capacidades difíciles de
conocer, incluso por sí mismo, de desarrollar y por supuesto de evaluar. La
educación siempre se ha basado en evaluar la inteligencia lingüística y la
lógico-matemática.
Debemos partir de la curiosidad innata que tenemos
como especie, que ha hecho que exploremos nuestro medio (y lo dominemos) como
ninguna otra especie animal. Esa curiosidad innata que poseemos todos como
especie debe ser, es la única forma, de aprender, aunque habrá que tener en
cuenta otra serie de factores importantes. El aprendizaje se ve favorecido por
una cierta tensión (tal vez factor fisiológico de la motivación) que es
adecuado conseguir pero difícil de dominar, puesto que en exceso es una pesada
carga para el proceso. Por ello, es el educador el que tiene que conseguir ese
clima de equilibrio de suficiente tensión/curiosidad sin que sobrepase el
umbral de estrés. Además hay que manejar los tiempos del proceso puesto que esa
situación permanece un breve tiempo, volviendo rápidamente (según la situación)
la situación de alerta al nivel basal.
La motivación parte también de la
predisposición a aprender. Una situación interesante hace que procedamos ante
ella con mayor atención (la curiosidad innata, recordemos) y por tanto la
procesemos a nivel de la corteza cerebral de forma menos superficial, de modo
que se podrá interiorizar mejor. Por ello la situación de partida del proceso
de enseñanza aprendizaje debe ser de interés. Una situación atractiva para el
alumno que le predisponga y motive de forma que realmente la capacidad que pretendamos
que adquiera se consiga en una situación de juego intelectual, lo que implica
que el esfuerzo empleado en ello sea mínimo comparado con la satisfacción de
realizarlo.
Importante es tener en cuenta al alumnado no sólo
como individuo. La labor educativa no se suele hacer de forma aislada hacia un
solo individuo. Somos animales sociales y como es lógico, estas relaciones
humanas con otros miembros de nuestro entorno influyen en nuestras actitudes y
comportamientos. Es por ello que la dinámica social del grupo al que dirigimos
nuestra acción educativa haya que tenerla en cuenta a lo largo de todo el
proceso. Herramientas pedagógicas útiles como enfrentarlos a un problema común,
pueden servir para unir a un grupo en torno a un mismo objetivo. Hay que tener en
cuenta los intereses de cada uno de los alumnos que lo componen y analizar y
anticiparse a los posibles detonantes que puedan generar conflictividad en el
aula. El control emocional es por tanto importante a la hora de gestionar el
proceso y de evitar situaciones disruptoras.
La creatividad es incompatible con un tipo de
pensamiento lógico dirigido y único. Se debe fomentar la diversidad de
respuestas del alumnado ante un mismo reto, dentro de unos cauces de lógica,
claro está. En ello juega un papel fundamental fomentar la perspectiva lateral,
adoptando una postura creativa ante cada nueva situación. La educación es individualizada. La neurodiversidad en un aula, es
tan palpable para un educador como la diferente indumentaria del alumnado
(siempre que no sea un colegio con uniforme). Orientemos, completemos, enriquezcamos, así creceremos como sociedad, y como especie.


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