Reflexión educativa. El alumnado como individuo y grupo.

jueves, 18 de febrero de 2016


La materia prima básica del trabajo del educador es el alumno. Pero los educadores no somos escultores que a partir de un trozo más o menos grande de mármol lo tallan intentando alcanzar a modo de ideal platónica, la perfección o belleza pretendida con el trabajo sobre la piedra. El trabajo del educador tiene como “materia prima” una persona, con la complejidad que ello significa.

Comparto plenamente la Teoría de Gardner de las inteligencias múltiples. El individuo tiene ciertas capacidades difíciles de conocer, incluso por sí mismo, de desarrollar y por supuesto de evaluar. La educación siempre se ha basado en evaluar la inteligencia lingüística y la lógico-matemática. 

Debemos partir de la curiosidad innata que tenemos como especie, que ha hecho que exploremos nuestro medio (y lo dominemos) como ninguna otra especie animal. Esa curiosidad innata que poseemos todos como especie debe ser, es la única forma, de aprender, aunque habrá que tener en cuenta otra serie de factores importantes. El aprendizaje se ve favorecido por una cierta tensión (tal vez factor fisiológico de la motivación) que es adecuado conseguir pero difícil de dominar, puesto que en exceso es una pesada carga para el proceso. Por ello, es el educador el que tiene que conseguir ese clima de equilibrio de suficiente tensión/curiosidad sin que sobrepase el umbral de estrés. Además hay que manejar los tiempos del proceso puesto que esa situación permanece un breve tiempo, volviendo rápidamente (según la situación) la situación de alerta al nivel basal. 

La motivación parte también de la predisposición a aprender. Una situación interesante hace que procedamos ante ella con mayor atención (la curiosidad innata, recordemos) y por tanto la procesemos a nivel de la corteza cerebral de forma menos superficial, de modo que se podrá interiorizar mejor. Por ello la situación de partida del proceso de enseñanza aprendizaje debe ser de interés. Una situación atractiva para el alumno que le predisponga y motive de forma que realmente la capacidad que pretendamos que adquiera se consiga en una situación de juego intelectual, lo que implica que el esfuerzo empleado en ello sea mínimo comparado con la satisfacción de realizarlo.

Importante es tener en cuenta al alumnado no sólo como individuo. La labor educativa no se suele hacer de forma aislada hacia un solo individuo. Somos animales sociales y como es lógico, estas relaciones humanas con otros miembros de nuestro entorno influyen en nuestras actitudes y comportamientos. Es por ello que la dinámica social del grupo al que dirigimos nuestra acción educativa haya que tenerla en cuenta a lo largo de todo el proceso. Herramientas pedagógicas útiles como enfrentarlos a un problema común, pueden servir para unir a un grupo en torno a un mismo objetivo. Hay que tener en cuenta los intereses de cada uno de los alumnos que lo componen y analizar y anticiparse a los posibles detonantes que puedan generar conflictividad en el aula. El control emocional es por tanto importante a la hora de gestionar el proceso y de evitar situaciones disruptoras.

La creatividad es incompatible con un tipo de pensamiento lógico dirigido y único. Se debe fomentar la diversidad de respuestas del alumnado ante un mismo reto, dentro de unos cauces de lógica, claro está. En ello juega un papel fundamental fomentar la perspectiva lateral, adoptando una postura creativa ante cada nueva situación. La educación es individualizada. La neurodiversidad en un aula, es tan palpable para un educador como la diferente indumentaria del alumnado (siempre que no sea un colegio con uniforme). Orientemos, completemos, enriquezcamos, así creceremos como sociedad, y como especie.


Soñar es de sabios

lunes, 15 de febrero de 2016
Sabemos que los sabios son capaces de rectificar una afirmación cuando la evidencia les lleva a comprobar el error de su aseveración. Es la primacía de la lógica. Una de las guías de la vida es la ilusión por mejorar en algún aspecto de la misma, y esto nos lleva a pensar en ese futuro mejor soñando despiertos. Y los sabios también sueñan.

Ese futuro mejor implica pensar en nuestra sociedad, y cómo ésta puede mejorar, cómo mejoraría nuestra provincia, nuestra ciudad, nuestro barrio. Y sin saberlos, hemos desembocado en la política, que es el arte de soñar en un futuro mejor.

Llegados a este punto podríamos afirmar que los políticos, ya que planifican el futuro a través de la gestión de los recursos públicos son sabios. Y en cierta forma lo son, siempre que sueñen con un futuro mejor y tengan claro como llegar a él. 

Pues sí, yo quiero un futuro mejor, y por lo tanto sueño en ello, y al hacerlo y al comunicarlo, pienso y hago política. Y si hago política, soy político.  Mis sueños me llevan a  pensar que ese futuro mejor pasa por tener una ciudad y un país más justos, con unos impuestos mejor repartidos, con un proyecto y un futuro claros, una ciudad más limpia, más verde, un país que se base en la educación, en la innovación, que apueste por su futuro. Una sociedad que no se olvide de los más débiles y necesitados, que sea de una gestión clara y transparente.

Y con mucho diálogo, porque la democracia es dialogar y llegar a acuerdos. Que por cierto, es cuestión de sabios.